El «matrimonio indisoluble entre hombre y mujer» es el origen de la familia y en él reside el futuro de la Humanidad. Esta fue la idea que transmitió el Papa ayer, antes de abandonar España durante la clausura del V Encuentro Mundial de las Familias celebrado en Valencia. La esperada homilía pronunciada por Benedicto XVI durante la misa final que presidió en la Ciudad de las Artes y las Ciencias gravitó sobre el mismo eje central de sus discursos del sábado.
Para avanzar en el camino de la «madurez humana» es ineludible «respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es, además, el origen de la familia», dijo durante la misa. «Reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana», enfatizó. Antes de partir hacia Roma, insistió en la necesidad de «comprender que la alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer establecen un vínculo permanente, es un gran bien para toda la Humanidad».
El Pontífice alertó durante su homilía sobre los intentos que se perciben de organizar la vida social «solo a partir de deseos subjetivos y mudables, sin referencia alguna a una verdad objetiva previa como son la dignidad de cada ser humano y sus deberes y derechos inalienables a cuyo servicio debe ponerse todo grupo social». Censuró que en la cultura actual «se exalta muy a menudo la libertad del individuo concebido como sujeto autónomo, como si se hiciera él solo y se bastara a sí mismo, al margen de su relación con los demás y ajeno a su responsabilidad ante ellos». Subrayó que la Iglesia no cesa de recordar que «la verdadera libertad del ser humano proviene de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por ello, la educación cristiana es educación de la libertad y para la libertad».
Garante de tradiciones
El Papa alabó el papel de las asociaciones familiares eclesiales, al tiempo que instó a todos los cristianos a «unir sus fuerzas» para contribuir «a la promoción del verdadero bien de la familia en la sociedad actual». Durante la misa, Benedicto XVI también resaltó el papel de la familia como «comunidad de generaciones y garante de un patrimonio de tradiciones». «Cuando un niño nace -dijo-, a través de la relación con sus padres empieza a formar parte de una tradición familiar, que tiene raíces aún muy antiguas. Con el don de la vida recibe todo un patrimonio de experiencia». El Papa resaltó también que «en el origen de todo ser humano no existe el azar o la casualidad, sino un proyecto del amor a Dios».
El evento concluyó con la Eucaristía celebrada por el Santo Padre, que vestía una casulla verde y portaba el báculo papal. La misa, concelebrada por 50 cardenales, 450 obispos y 3.000 sacerdotes de todo el mundo, se ofició desde el espectacular altar de 2.700 metros cuadrados situado sobre el puente valenciano de Monteolivete. En el millón de metros cuadrados dispuestos por la organización se congregaron centenares de miles de peregrinos y fieles de todas las partes del mundo.