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Miércoles, 8 de febrero de 2006
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La libertad no agrede
LA publicación en un periódico europeo de unas viñetas inclusivas de una representación gráfica y caricaturesca del profeta Mahoma ha provocado una de esas situaciones que son tan caras a nuestros teóricos del conflicto de civilizaciones. En efecto, se pretende presentar la cuestión suscitada como un de choque de valores distintos, por un lado la libertad de prensa occidental y por otro la proscripción de la religión mahometana de cualquier imagen de su dios y profeta. Por un lado nuestros valores, los de nuestra cultura; por otro los suyos, tan legítimos como cualesquiera otros por el simple hecho de ser suyos. Y ante este planteamiento, la solución es la que usualmente predica el relativismo multiculturalista: cada cultura tiene sus valores y hay que respetarlos, pues no existe un criterio o patrón universal desde el que nadie pueda autorizadamente proclamar la superioridad de uno u otro. No existe criterio universal que pueda resolver este tipo de conflictos.

Antes de discutir este planteamiento, que me resulta erróneo y, sobre todo, terriblemente desorientador, valgan algunas precisiones previas para situar en sus justos términos el problema. En primer lugar, que me parecen útiles y recomendables cuantos gestos de cordialidad se efectúen por vía diplomática para quitar importancia a lo sucedido; solo a los fundamentalistas interesa provocar y mantener una guerra de símbolos o culturas que no existe más que en su exaltada imaginación. Bienvenidos sean, por tanto, los gestos políticos de comprensión mutua para desincentivar el conflicto.

En segundo lugar, conviene precisar que no es cierto que en nuestro mundo occidental la libertad sea un valor absoluto o irrestricto. No es así, como cualquiera sabe: la libertad de cada uno termina allí donde colisiona con la de los demás, de forma que el más terminante límite a nuestra libertad individual es el de no poder causar daño a otro, como defendió John Stuart Mill. Y esto se aplica también a la subespecie de la libertad de expresión, que no autoriza a nadie a ofender gratuitamente los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa haciendo públicamente escarnio o vejación de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias. Véase si no el artículo 525 del Código Penal, que castiga como delito este tipo de conducta (aunque, es importante señalarlo, también cuando el escarnio se dirija contra quienes son agnósticos o ateos). No es cierto, por tanto, que la libertad autorice en Occidente a befarse de la religión o creencias de cualquiera. No somos así de libertinos o insensibles. Lo que sí sucede, naturalmente, es que quien se considera agredido por la conducta publicada debe acudir a las vías judiciales para obtener reparación, no tomarse la justicia por su mano y amenazar de muerte a quien a su juicio se ha hecho reo de ella. Eso es barbarie.

Dicho lo anterior, vayamos con el planteamiento culturalista que criticamos. Lo ejemplificaba hace días Sami Naïr en una cadena de televisión diciendo que estábamos ante un conflicto de dos bloques mutuamente sagrados: el de la libertad occidental y el de la religión musulmana. Un conflicto que sería irresoluble porque ambos bloques de sacralidad son inconmensurables, no tienen ningún elemento común que permita mediar racionalmente entre ellos. Serían dos culturas distintas en conflicto, y ante ello no cabría sino respeto mutuo y tolerancia. Esta posición, en definitiva, responde a la idea de que las culturas son bloques homogéneos y cerrados, intraducibles unas para las otras, y que no existe criterio posible de objetividad o universalidad para decidir los conflictos entre ellas. Solo los arrogantes occidentales, haciendo gala de una superioridad etnocéntrica inadmisible, han sido capaces de pensar que existía algo así como una razón universal desde la que juzgar las culturas. Que naturalmente era la suya propia. Este planteamiento es esencialmente erróneo porque pone en el mismo plano las condiciones estructurales mínimas que requiere el ser humano para vivir una vida valiosa (y la libertad es una de ellas) y los contenidos culturales que esos seres han ido creando en la historia. Es cierto que todos somos en gran manera creaciones de nuestra propia cultura, que pensamos y sentimos desde una particular cultura (somos seres 'situados'), pero ello no nos impide en absoluto trascender ese marco cultural. Es más, si hay algo de universal en el ser humano es precisamente su capacidad (demostrada en toda época y lugar) de examinar, criticar y superar sus propias constricciones culturales. Y esa capacidad es el germen de, precisamente, la libertad. Por eso no están en el mismo plano la libertad humana y los contenidos culturales concretos de una sociedad. Todos los hombres tenemos el mismo valor, pero no todas las creaciones de esos hombres lo tienen también, como dice Aurelio Arteta. Esa es la diferencia entre planos diversos.

Los españoles debiéramos ser especialmente sensibles a estas explosiones de indignación de una sociedad cuando sus creencias, religiosas o no, son rozadas por la libertad de conciencia y crítica. Porque las hemos protagonizado reiteradamente a lo largo de nuestra común historia. Cuando Maçon de Morvilliers publicó en la 'Encyclopedie Methodique' a finales del siglo XVIII su artículo sobre 'Qué doit-on à l'Espagne' -'¿Qué debemos a España?- y se contestó que nada en absoluto, que solo incultura y fanatismo religioso debía Europa a nuestro país, la indignación patria llegó a las mismas cotas que ahora alcanzan algunos musulmanes. Nada más fácil de suscitar que el sentimiento de indignación agredida entre los fundamentalistas de cualquier género. Y, sin embargo, son esas experiencias de indignación las que a la larga hacen germinar la libertad en las sociedades agredidas. Que así sea también esta vez.



Vocento