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Crónica de un magnicidio anunciado

CULTURA

Crónica de un magnicidio anunciado

Fernando Rubio cuestiona en 'Yo maté a Gandhi' el papel de la India oficial en el asesinato del apóstol de la paz a manos de una conspiración de nacionalistas hindúes

08.11.09 -
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«Yo maté a Gandhi… -repitió una vez más-. Soy el culpable de la muerte del 'Mahatma'. Yo estaba allí, a escasos metros de él. Sabía que Nathuram Godse iba a matarle, conocía sus planes y no hice nada por evitarlo. Yo también maté a Gandhi y soy su asesino».
Fernando Rubio Milá (Barcelona, 1942), escritor experto en la India, mezcla ficción e investigación periodística en su última novela, 'Yo maté a Gandhi', que transporta al lector a uno de los episodios más negros del siglo XX, el asesinato de Mahatma Gandhi, el apostol de la no violencia, en medio de una espiral de guerra en un país milenario que acababa de pagar un alto precio, el de su partición territorial, por una independencia que apenas empezaba a disfrutar tras siglos de diferentes dominaciones.
El autor se inventa un personaje, un periodista extranjero que vuela a Nueva Delhi en 1964 para cubrir la muerte de Jawaharlal Nehru, primer ministro de la India y, después de Gandhi, el hombre más importante en la historia de la India contemporánea. Casi por casualidad, tras cumplir con el objetivo de su viaje, el protagonista del relato conoce a un misterioso personaje en las inmediaciones de Birla House, la casa en la que residía Gandhi y en cuyos jardines fue asesinado el 30 de enero de 1948 cuando se dirigía al encuentro de sus seguidores para el momento de la oración. Este enigmático personaje devorado por el remordimiento pone al periodista sobre la pista de un no menos misterioso anciano que vive autoexiliado y dominado por la culpa en una aldea a las afueras de Madurai, al sur del país, que acaba por desentrañar el universo de complicidades, complots, inhibiciones y dejación que esconde el magnicidio.
Tensión narrativa
Con el ritmo de la crónica de un corresponsal y el acierto en la administración de los dos ingredientes principales de su obra, realidad y fantasía, Rubio mantiene la tensión narrativa que se sustenta en un conocimiento profundo de la historia y de la idiosincrasia indias para lograr que una hipótesis en principio descabellada se convierta en certeza sustentada por pruebas obtenidas tras una minuciosa investigación que culmina con la entrevista, real, con Gopal Godse, hermano del hombre que disparó contra Gandhi y que décadas después del atentado no muestra ningún arrepentimiento por la acción de su hermano, en cuya conspiración él mismo participó y por la que pagó con más de 18 años de cárcel.
La compleja trama de intereses, ambiciones y mezquindades que rodean la conspiración del magnicidio, los indicios del riesgo de un atentado contra el Padre de la Nación, tan evidentes como la ausencia de medidas para impedirlo, y las decisiones y a veces la falta de ellas de personajes claves en la India, supuestamente cercanos a Gandhi, traen a la memoria un episodio similar, sucedido apenas 15 años después, el asesinato de John F. Kennedy. Ambas historias tienen paralelismos, como los tiene el esfuerzo del autor de 'Yo maté a Gandhi' con el que en el año 1991 hace Oliver Stone en su película 'JFK' a la hora de rechazar teorías simplistas y reclamar más amplitud de miras para señalar a los implicados.
Pero además de sumergirnos en el momento más decisivo de la historia reciente de la India, sus primeros pasos como nación soberana, Rubio nos aproxima al modo de vida de las gentes de un país habitado por 1.100 millones de personas, al modo de pensar del ciudadano de un país único por su diversidad étnica, lingüística y cultural que data de más de cinco mil años, cuna de cuatro de las principales religiones del mundo -hinduismo, budismo, jainismo y sijismo- pese a lo cual se declara secular en su Constitución y tiene en el carácter plural y democrático de su sociedad uno de los rasgos más definitorios.
La independencia
Pero sobre todo, el autor nos acerca a uno de los personajes más importantes de la historia de la humanidad, Mohandas Karamchand Gandhi, verdadero artífice de la independencia india, que legó a su país y al resto del mundo una alternativa distinta a la de la violencia como solución a los conflictos. Un hombre que consagró su vida a profundizar en los aspectos más espirituales del hombre, que aseguró que un buen final no justifica unos medios equívocos, que nuestros verdaderos enemigos son nuestros temores, la codicia y el egoísmo, o que tenemos que cambiar nosotros mismos antes de querer cambiar a los demás.
La clarividencia del apóstol de la paz es tal que sorprenden por actuales algunos pasajes de su doctrina. «No hay institución humana sin peligros. Cuanto mayor es la institución, mayores son las probabilidades de abusos. La democracia es una gran institución y, por tanto, susceptible de grandes abusos. El remedio, en consecuencia, no consiste en evitar la democracia sino en reducir al mínimo las posibilidades de excesos. (...) Las cifras dadas sobre lo que le cuesta a América su armamento son terroríficas. La guerra se ha convertido en un asunto de dinero y de ingenio para inventar armas de destrucción. El temor y el rechazo al extranjero es lo que da origen al odio. Si desaparece el temor, el odio se desvanece. Si dejamos de ser inferiores, nadie puede ser nuestro superior». Repasando el ideario de Gandhi, que en tiempos en los que los mitos apenas son iconos serigrafiados en camisetas corre el riesgo de caer en el olvido, no es extraño que, a su muerte, Albert Einstein proclamase: «A las jóvenes generaciones les costará creer que un hombre así, de carne y hueso, caminara una vez sobre la Tierra».
Principios tan sólidos como los citados en estos fragmentos que aparecen en 'Yo maté a Gandhi' están en el origen del movimiento que culminó con la independencia india tras la colonización británica. Por eso el país concedió al apóstol de la paz el título de Padre de la Nación. Pero mientras la participación en la política de Gandhi sólo era una prolongación de su actividad social, no era así para los que se habían proclamado sus discípulos, entre los que se incluían el propio Jawaharlal Nehru, primer ministro desde la independencia hasta su muerte en 1964, y Vallabhbhai Patel, viceprimer ministro y ministro del Interior, que acompañó a Gandhi en sus aposentos aquel 30 de enero de 1948 apenas minutos antes del atentado. Ambos líderes de la fundación de la India libre, pertenecían al Partido del Congreso, cuya cúpula consideraba que el patriarca había ayudado a la consecución de la independencia, «pero después su proyecto de nación no encajó con el ideal de país moderno que la mayoría pretendía», según admite un antiguo miembro de la formación, que reconoce que en la organización presentían un atentado de radicales hindúes, -que acusaban a Gandhi de estar del lado de los musulmanes en el enfrentamiento tras la partición-, pero que nadie hizo realmente nada por evitarlo.
Y es que, como pasa en tantas otras veces, en el trágico final de la vida de Gandhi coexisten la traición a unos principios espirituales por el ansia del poder material.
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