Tiene el aspecto de un turismo normal. Bueno, todo lo normal que es el Smart, ese coche de dos plazas que (hay que ver lo que hace la técnica) parece más grande desde dentro que cuando uno lo ve desde fuera. Dentro, todo tiene las mismas características que en un hermano con motor de explosión, o casi, porque las diferencias comienzan con el encendido. El eléctrico requiere más tiempo que en uno de gasolina, no mucho más, pero notará el cambio.
El segundo cambio: Cuando gire la llave (si tiene llave, porque los hay de tarjeta y otros, sólo de botón) no rugirá ningún motor. Sólo se enciende un testigo de que el motor ya está en disposición de marcha. Pero nada más. Ni ruge, ni hay esa pequeña vibración que el cuerpo del conductor nota cuando sabe que su coche está en marcha, incluso aunque el ruido de la radio o del disco compacto le impida oír el motor. Aquí no suena, así que nada, hay que fiarse de la lucecita, del testigo que dice que sí, que el coche está en disposición de atender sus órdenes.
Si ha conducido un coche automático, de esos en los que las velocidades entran y salen de la caja de cambios en función de la velocidad, un coche eléctrico le parecerá igual. Sólo tiene dos pedales, el freno y el acelerador y éste, también sirve de freno porque cuando se levanta el pie, el motor retiene con más energía que en sus hermanos que todavía queman combustibles fósiles y ensucian por el tubo de escape. Otra novedad, no hay tubo de escape, esa pieza que, con el paso del tiempo tiende a oxidarse, a agujerearse y a convertirse en un gasto más de los que ocasiona el mantenimiento. Como el motor se para - deja de girar cuando el vehículo se detiene- la palanca de cambios, sufre menos cuando coloca la directa (la única hacia adelante) o la marcha atrás. No hacen falta embragues automáticos, otro motivo menos de gasto y otra mejora de mantenimiento.
Pero la principal diferencia es el ruido. La aceleración se acompaña de un ligero silbido que resultará casi inaudible si lleva la radio o escucha música. Nada más, así que perderá las referencias de la vibración y también la del sonido del motor, deberá buscar otras nuevas porque si no, cuando mire el cuentakilómetros descubrirá que corre a más velocidad, a mucha más de la que imaginaba. Porque correr, corre. Acelera y alcanza los cien kilómetros a la hora en unos segundos, pero casi en silencio. El resto, dependerá de las características del vehículo elegido. Hay modelos con dirección asistida y con refrigeración, aunque esta mejora del confort es una de las que mayor consumo genera y, por el momento, no se recupera batería con la energía cinética, aunque trabajan en ello.
La primera pregunta que se hace el posible comprador y el curioso es: ¿Cuanto cuesta? Seguida de otra: ¿Qué autonomía tiene? La respuesta es: Aproximadamente lo mismo que un utilitario igual con motor de gasóleo (o sea, más caro que un gasolina) y son capaces de moverse unos 150 kilómetros antes de tener que repostar. Casi todos montan dos sistemas de recuperación de la batería, uno más rápido, con una recarga en media hora del 80% de la pila y otro, más tradicional, de ocho horas en el enchufe de su casa. Al acabar, como su móvil, la batería corta el flujo y ya está listo. De nuevo podrá acelerar en silencio.