Es un solista veterano que ha tocado con las mejores orquestas del mundo y sigue haciéndolo cada temporada desde hace tres décadas. Frank Peter Zimmermann (Duisburg, 1965) no admite más progresión que la de hundir su arco en la música, más reto que la de ser mejor músico cada día en el repertorio clásico y apoyando con su nombre a los compositores contemporáneos. No le tienta la batuta y sospecha de la cantidad de solistas que la abordan, «quizá quieren dejar de esforzarse con su instrumento. Es más fácil 'masajear' el aire», dice sonriendo.
Zimmermann aborda con la OSCyL a un compositor poco interpretado, el checo Martinu, de quien se celebra el 50 aniversario de su muerte. «Es un concierto muy fresco, transmite paz. Tiene momentos muy íntimos y tristes, porque el compositor sufrió mucho por no poder volver a su patria (murió en Suiza)».
Harding, Rattle, Boulez, todos los grandes maestros le han dirigido y ahora Zimmermann se pone a las órdenes del joven filandés Inkinen. «Me habló de Pietari mi hijo, que ya tocó con él», dice quien se fía ya tanto de su criterio como del de su primogénito. Zimmermann alterna su trabajo sinfónico con las agrupaciones de cámara y su trío de cuerda. «Hay que encontrar el equilibrio entre las citas con las orquestas y la tranquilidad de la cámara. El trío me permite tocar música desnuda, con el único sonido de la cuerda. No podría vivir sin ninguna de las tres».
El virtuoso es de los pocos músicos de primer orden que se resiste a la web personal. «Soy anticuado, no tengo página propia. No quiero se una estrella sino un gran músico que sea recordado por eso. No me importa vender 100.000 o 120.000 cedés, quizá por eso interese tan poco a la industria. Lo que me gusta es que la gente disfrute en mis conciertos y quizá sean ellos los que compren un disco. Pero no quiero vender música con la misma técnica que la coca-cola», dice embalado. «Creo que la música clásica no puede llegar a un público masivo, que se quedará siempre en un grupo reducido y sin embargo fiel. Se podrán añadir personas, pero el grupo será siempre pequeño. Para que una música llegue a las masas se requieren otra clase de música y otra clase de artistas».
Interesado en la música de principios del siglo XX que apenas ha sido tocada (ahora está con Kurt Weil), alterna a los grandes maestros del sinfonismo (ha grabado a Brahms recientemente) con los contemporáneos. «Cada dos años pido a algún compositor que haga un concierto de violín. Los que tenemos un nombre debemos contribuir a dar a conocer a nuevos compositores y nuevos músicos». El último lo estrenó este año, era de Augusta Read Thomas, como antes lo fue Mathias Pintscher.