F ue cuando la Colegiata de Valladolid conservaba la traza de Herrera. Había perdido el 30 de mayo de 1841 su primera torre, situada al lado del Evangelio, cuyo desplome -achacado a su defectuosa cimentación- hizo desaparecer el rollo de la ciudad y un manantial situado en sus proximidades. Dicha torre fue sustituida por otra al lado de la Epístola, coronada por una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. En dicha época el acceso al templo desde la plazuela de la Universidad conservaba su remetida traza original, mientras los restos de la primitiva abadía, y posterior Colegiata, se ocultaban tras una tapia de considerable altura que, desde la plazuela de Portugalete, terminaba junto al templo herreriano. Dicha tapia únicamente disponía de una entrada, a través de una puerta carretera abierta en la plazuela de la Universidad que, generalmente, permanecía cerrada.
Mi temprana afición a todo cuanto se refiere a la ciudad, junto a mi aceptable condición de fotógrafo aficionado, hicieron que, en diversas ocasiones, me interesara por cuanto se ocultaba tras las tapias. En alguna ocasión mi primera cámara captó alguna instantánea como la que ilustra el presente relato que, con el tiempo, se convirtieron en un trocito de la historia de la ciudad y que me honro ofreciendo a los lectores del periódico.
Las indicadas tapias blancas ocultaban a los ojos de los vallisoletanos la existencia de un huerto plantado entre las venerables ruinas, ocultas en parte por algunas construcciones dedicadas a vivienda del cachicán y alguna otra dependencia de la pequeña explotación agrícola. En el referido huerto, cuyo suelo recubierto por losas y losetas de las primitivas construcciones abaciales había sido recubierto con tierras de labor, se cultivaron verduras, legumbres y girasoles e, incluso, se plantaron varios árboles frutales como los que muestra la ilustración.
El acceso a las construcciones agrícolas se realizaba por la repetida puerta, a través de una moderada cuesta, impuesta por el relleno de tierra de labor que, en algunos lugares, como me comunicó una de las personas que intervino en le recuperación de las ruinas, llegó a los dos metros y medio de altura.
El verdor y colorido de las plantas regadas por los tradicionales almorrones contrastaba con el actual baño de cemento y losetas de entre los que parecen huir los cipreses y plantas geométricamente plantadas en nuestros días, junto a las venerables ruinas, acertadamente rescatadas y restauradas.