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25.07.09 -

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L a noción de trabajo desconcierta. Unas veces lo entendemos como el genuino castigo de Adán y otras como la mejor arma terapéutica. Del trabajo nos curamos con el trabajo mismo, como del amor nos curamos con más amor y del deseo con otro deseo posterior. Todas las grandes cuestiones del hombre se someten al régimen del homeópata. Sabemos que una dosis adecuada del mal te devuelven al bien, aunque nadie te indica la cantidad perfecta.
Así se comprende que oigamos tantas opiniones opuestas. Desde el que se queja de tener que trabajar hasta el que protesta airadamente por no encontrar empresa. Se ha dicho que la Edad Moderna trajo consigo la glorificación del trabajo y el desinterés por la vida contemplativa, aunque quizá esto no sea nada más que una exageración anacrónica. En realidad, antes la vida activa se consumía en atender directamente a las necesidades del cuerpo, cuando ahora, en virtud de ciertos privilegios y de la división colectiva del esfuerzo, podemos delegarlas y dedicarnos a otras faenas. Como demostración de este equilibrio disponemos de la prueba inversa, pues cuando uno no tiene para comer sobran todas las ocupaciones ajenas. Llamamos civilización precisamente al hecho de tener tiempo para otra cosa que no sea proveernos de alimentos, mientras que reconocemos la barbarie por su gusto en hacer pasar hambre a poblaciones enteras. De la experiencia de Borowski en los campos de concentración conviene recordar esta frase: «Hambre de verdad es mirar a un hombre como un simple objeto comestible. Yo he tenido hambre de verdad, ¿entiendes?».
Uno se pregunta siempre, al menos desde las puertas de este establecimiento tan singular, si los enfermos, pese a su ensimismamiento proverbial y su buena alimentación, no tienen más ansia de trabajo que lo que demuestran bajo el encanto del ensimismamiento y la contemplación. Algo de eso reconocemos cuando intentamos de continuo que estén activos y en movimiento. Aceptamos, como justificación de muchos tratamientos, que el exceso de meditación puede colmar la cabeza de desvaríos hasta hacerla reventar, mientras que unos buenos programas de actividad parece que rompen el cortocircuito mental y ayudan a relajarse y a mejor pensar.
Sin embargo, nos cuesta reconocer del todo que no haya mejor tratamiento para la locura que trabajar. Ofrecer trabajo al enfermo, en la medida de sus posibilidades, y remunerarle en la cuantía que se pueda, pero remunerarle en efectivo, con monedas contantes y sonantes, se me antoja un tratamiento integral, un tratamiento que, además, ni humilla ni atonta. Se objetará que puede necesitar un presupuesto desmesurado, pues el rendimiento es escaso y son mucho los derechos que hay que proteger y la variedad de empleos que hay que ofrecer al restringido gusto de estos nuevos obreros, pero lo importante es empezar por admitir la idea. Luego ya veremos de dónde sacar los emolumentos. Para ir abriendo boca propongo un medio que nunca admitirán los que mueven los hilos de estas cosas: recoger todo lo que nos vamos a ahorrar en farmacopea, pues sólo con la intención vamos a ver mejorías muy notorias.
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