E stoy convencido de que de los más de 34 millones de españoles con derecho a voto el próximo domingo para conformar un nuevo Parlamento Europeo bien pocos conocen con cierto rigor la esencia de lo que supone la Unión y, menos aún, las competencias de que está dotada y la repercusión de muchas de las decisiones que allí se adoptan. Incluídos, desgraciadamente, muchos de los candidatos. En cierto modo lo que flota para la opinión general es una imagen de escasa valoración y una cierta sensación de que el Parlamento Europeo sirve para bien poco y que se ha convertido en algo así como un cementerio de elefantes propicio al retiro feliz y descansado con que compensan los partidos políticos a sus hombres quemados en la liza normal. Tampoco el Gobierno, ni los partidos han sido capaces de transmitir otra cosa, generando así esa frialdad e indiferencia popular.
Por lo que se refiere a España, en bien pocas comparecencias hemos oído, leido o visto alguna descripción del verdadero sentido de la Unión Europea (y el consecuente compromiso de España allí) que hubiera podido acercar su conocimiento al electorado más frágil, incentivar así su voto y dotarle de la calidad deseada y necesaria. Si eso hubiera sido así, hubieramos conocido que en ese Parlamento se deciden, entre otras, importantes directivas globales sobre superestructuras económicas,redistribución de fondos de ayudas al desarrollo,regulación de la energía (eléctrica o nuclear), inmigración, laboral e industrial, terrorismo internacional, mercados, seguridad y defensa, agricultura, pesca y alimentación (cuotas e importaciones en leche, carnes, etc.) planes de resíduos, transportes, educación, cultura, sanidad, etc.
Por el contrario, los electores apenas hemos escuchado otra cosa que declaraciones espúreas, descalificaciones, agresiones verbales de barrio con ribetes navajeros y simplezas como los trajes del valenciano Camps, las ayudas al automóvil, los ordenadores para escolares, la gripe, los brotes verdes, el uso abusivo de aviones con fines partidistas o lo de las oscuras subvenciones de Chaves. Y así, desde luego, no se hace Europa. Se hace el ridículo y se pierde una magnífica oportunidad para formar a la ciudadanía en el verdadero sentimiento comunitario y no haber descendido al terreno doméstico, olvidando maliciosa o torpemente la grandeza y universalidad del pensamiento europeista.. Luego censurarán la abrumadora abstención que se prevé.