C orazón de oro' es el título de una canción del cantautor canadiense Neil Young y también del artículo que ha obtenido el XIII premio nacional de periodismo Miguel Delibes. Se editó en 1972, es una de las más queridas por este músico y, si no se pierde la capacidad de observación, puede desvelar historias aprovechables en términos periodísticos, como ha ocurrido con el texto galardonado, e incluso entrañables. Por ejemplo, ¿saben qué hizo ese hombre cuando esta canción le dio una gran alegría entonces? Pues acordarse de quién fue su compañero de fatigas en una época complicada, un Pontiac negro del 53. Para él compuso 'Long may you run' ('Que aguantes, que llegues lejos', en castellano). Su viejo amigo se ganó así una de las dedicatorias musicales más singulares que se conocen.
En mi caso, este premio de tan bonito y periodístico nombre, se lo dedico no a un Citroën 8, mi viejo coche, sino a María del Pilar, que es mi compañera de fatigas, y por tanto una persona de probada paciencia. A ella, y a nuestro hijo Alfonso, a mi pequeño círculo de amigos, a nuestras familias, a Miguel Delibes, a El Norte de Castilla, a la consejería de la Presidencia, a los profesores y alumnos de periodismo de la UVA, a Caja España, y a los compañeros de profesión de la prensa escrita, radio y televisión.
También está dedicado a los periodistas en paro y a los afectados por el programa de jubilaciones anticipadas de Radio Televisión Española. Retirados forzosamente, desaparece con ellos parte de una generación espléndida. La explicación es sencilla: por lo que se ve, la séptima potencia mundial suelta lastre para ganar en competitividad y ascender en el escalafón por si acaso, algún día, se ve obligada a asumir un liderazgo como los de antaño.
En cualquier caso, tanto si llegamos más lejos que entonces y logramos colonizar el sistema de Alpha Centauri, como si la crisis nos obliga a poner los pies en tierra de una vez por todas, nuestro papel seguirá siendo el mismo: continuar contando las cosas con claridad de ideas, orden y conocimiento de la lengua; con sencillez, con rigor, con originalidad, con coherencia, y, quien quiera, con humor.
Con claridad de ideas, orden y conocimiento de la lengua, porque que nadie crea que lo de escribir es sencillo y se debe a la varita mágica de una hada madrina. Ni mucho menos. Para escribir con claridad primero hay que pensar con claridad; luego, ordenar las ideas; más tarde conocer la lengua y, finalmente, tener presente que ésta es una herramienta que debemos usar con la misma habilidad que otros usan las brochas, cuchillos y piquetas; los microscopios, las llaves de tuerca o las hojas de balance.
Con sencillez porque, aunque tengamos recursos, no escribimos para eruditos de los cuales esperamos aplausos, sino para lectores que esperan informaciones y opiniones que se entiendan a la primera. Somos periodistas, no 'aburreovejas' y, por tanto, el esfuerzo lo debemos hacer nosotros, no ellos, los lectores.
Con rigor, por seriedad, porque es una de las cosas más elementales que se debe reclamar a cualquiera, y porque nuestros errores, deliberados o inconscientes, suelen tener consecuencias de enorme magnitud.
Con originalidad, porque si bien es cierto aquello de que si un niño muerde a un perro es noticia y lo contrario no, también es verdad que un pequeño detalle es útil periodísticamente. Basta observar lo cotidiano porque es una fuente inagotable de recursos. La asfixia por inmersión de unas petunias, por ejemplo, ayudaría a comprender un artículo sobre los desaguisados del Choque de Civilizaciones de Samuel Huntington, y así sucesivamente. Y quien dice unas petunias, dice un paraguas, un café, una ventana, un tarro de miel, un disco, o lo que sea. Basta con observar todo desde diferentes perspectivas y encontrar una aplicación práctica que sea sencilla. Así lo entenderá todo el mundo.
Con coherencia, porque es algo que conviene exigir de vez en cuando. No se puede defender lo indefendible, y no sólo para que luego nos crean los lectores, sino por algo más. La buena fe con el lector es el cimiento de todo periodismo digno de ese nombre, y por tanto aquí, en esta profesión, en lugar de poner las velas a Dios, al Diablo y a toda la corte celestial, se ponen a la sinceridad, a la veracidad y a la exactitud, que son los tres atributos incluidos en el cuarto de los cánones del periodismo, recogidos en 1923 por la Sociedad Norteamericana de Directores de Periódicos.
Y con humor. ¿por qué no usarlo? ¿Nos va a impedir alguien pasar por la vida y el periodismo sin humor? ¿Lo va a desaconsejar alguno de esos códigos de buenas prácticas que nos sugieren cómo abordar determinadas noticias?... El doble lenguaje, la distorsión, la mamandurria que a veces deambula por el éter y algunas otras costumbres que rozan la impostura. ¿No se merecen acaso una reflexión teñida de humor?
A mí, por ejemplo, me llaman pesado, y me río. Lo sé porque el pladur ya no es lo que era, lo han adelgazado para ahorrar y es muy fino. ¿Me voy a enfadar por eso? Pues no. Todo lo contrario: es una buena anécdota para aprovecharla en un texto sobre los inconvenientes de la reducción de costes, la fragilidad, la ingenuidad o la construcción. La de textos periodísticos, por supuesto.
Sencillez y humor, en definitiva. Nada más. Espero no haber sido pesado para ustedes. Les deseo que aguanten y que lleguen lejos.