C onfieso que me cae bien, cada vez mejor, la señora ministra de Defensa doña Carmen Chacón (también conocida por Carme), a años luz de la 'miembra' del Gobierno doña Bibiana Aído, y aclaro de una vez por todas que jamás he discriminado por razón de sexo y que precisamente esta objetividad es la que me hace rechazar el sistema de cuotas. Bueno, pues que me resulta simpática la figura de la señora Chacón y que elogio sus actuaciones oficiales. Pero a fin de quedarme totalmente tranquilo me gustaría que me aclararan si es cierto que, antes de ser ministra desde luego, doña Carmen pronunció palabras de elogio para un separatista que, a su vez, defendía al actor Pepe Rubianes, energúmeno que ultrajó gravemente a la patria. Si esto es verdad, que parece que sí, y no existe rectificación por parte de la ministra, que parece que no, continúo sin entender ese momento en que dirigiéndose a las tropas formadas les pide que griten con ella: «¡Viva España!».
H a sido interesante contemplar cómo, en pleno pánico de la crisis, el Gobierno español nos ha lanzado el bálsamo tranquilizador de la cobertura de cien mil euros por depositante, y cómo alguien ha dicho inmediatamente que con eso no hay ni para pipas. Al margen de todo, la reflexión interesante es la de que esos dineros salen del bolsillo de los ciudadanos. El humorista lo resumía así: «Ahora resulta que cuando me concedan un crédito lo harán con dinero mío».
M e propongo constantemente observar un prudente respeto cuando en mis conversaciones o en mis escritos me refiero al juez Garzón. Confieso que hube de hacer esfuerzos extraordinarios cuando, hace un año, participó como 'estrella invitada' en el Festival de Espiritualidad y Paz, en Edimburgo, donde nuestro magistrado alcanzó inimaginables cuotas de autocomplacencia y de soberbia, sin poder evitar contradicciones como la que se desprende de una de sus contundentes premisas: «Yo siempre he dicho que no debe uno ir a buscar justicia fuera», justificando de esta forma su 'pasividad' al no haber actuado contra Bush y Blair por la guerra de Irak, pero que no fue obstáculo para su conocida persecución a Pinochet. Garzón, reconvertido en el superman justiciero sin fronteras, no supo explicar en Edimburgo la extraña pirueta de su participación en el Gobierno de Felipe González y la frenética actividad en la trama de los GAL, pero hizo lo suficiente para postularse como Adelantado de la aplicación de la Justicia Universal. Acaso para que nadie se olvide de su protagonismo está atizando el fuego del rencor y del odio entre los que ya tenían firmada la paz, una auténtica barbaridad cuyas consecuencias es imposible calcular. Dentro de no mucho tiempo los historiadores harán una valoración objetiva de lo que para España fue la Transición desde una dictadura a una democracia, y sobre lo que resultará para los españoles no sólo del desarrollo de esa imprudencia que se conoce como Memoria Histórica, sino también de las consecuencias de la megalomanía de un juez metido a sepulturero. El cual, por cierto, podía dedicar más atención a su trabajo específico como instructor de causas, para que no se repitan absoluciones como las de los últimos peligrosos islamistas, o huidas como las de los turcos narcotraficantes.