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Vida y Ocio

VIDA Y OCIO

Conversaciones en Sotogrande con Martina Klein, Ariadne Artiles y el chófer de Dominguín
09.08.08 -

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Viaje al polo
Martina Klein y Ariadne Artiles publicitan una marca de coches.
Ya puedo decir, sin mentir, que he estado en el polo y me he asado de calor. Por supuesto no me refiero a un punto geográfico, sino al polo como deporte. Y más concretamente, al 37 Torneo Internacional Hyundai de Polo de Sotogrande, que se celebra hasta finales de agosto en el Santa María Polo Club, un lugar verde y precioso de Cádiz que (para qué nos vamos a engañar) es La Meca de lo pijo.
Nada, que hace unos días me preguntaron si quería bajar hasta Sotogrande para presenciar un partido de polo con Martina Klein y Ariadne Artiles y yo respondí como Cela cuando le ofrecían más caldereta: «¡Venga!». Y me monté en un avión rumbo a Málaga. Al aeropuerto vino a recogerme un taxista... Pero no un taxista cualquiera. Entre Málaga y Sotogrande hay más de una hora de coche, así que la conversación era inevitable.
-¿Es usted vasca?
-Sí, de Bilbao.
-Es que yo me crié en Amorebieta.
-Qué me dice...
-Sí, pero vivo aquí desde hace tiempo. Es que he trabajado muchos años de chófer de una familia importante.
-¿Muy importante?
-Sí, bueno, de Dominguín.
-¡¡¡De Luis Miguel Dominguín!!!
-Sí, y de su mujer, Rosario Primo de Rivera.
-Cuente hombre de Dios...
Y Fernando me explica con solemnidad que él fue quien le llevó «el barco, las armas y el coche» al inefable torero durante sus últimos cuatro años de vida, y que luego se quedó al servicio de su viuda, hasta que ella falleció. A Dominguín, que para entonces se había serenado mucho, le encantaba cazar en su finca de Andújar. «Un día -recuerda Fernando-, le acompañó su hijo, Miguel Bosé. El padre le invitó a que disparara a un jabalí que estaba en una peña y Bosé se lo tomó a broma, porque dijo que era imposible acertar a esa distancia. Entonces Dominguín agarró la escopeta y ante el pasmo de su hijo derribó al cochino de un tiro. Él era así», dice su chófer con admiración.
Entre ésta y otras anécdotas nos plantamos en el hotel Almenara... ¿Y a quién me encuentro allí? Pues a esa colega que, tal como les conté en un capítulo anterior, adora a los hombres que mandan. Con ella me dirijo al club de polo preguntándome si los polistas le gustarán tanto como los regatistas. En el club hay tiendas exclusivas, un 'chill-out' con camas balinesas y un ambiente de lo más selecto. La gente lleva los números de su cuenta corriente impresos en el código genético.
Martina y Ariadne se han mimetizado con el entorno y casi parecen de Sotogrande de toda la vida (o sea). Klein me cuenta, muy sincera, que diez meses no son suficientes para superar una ruptura (la suya con Álex de la Nuez). «Soy borde con todo el que se me acerca. Soy superborde incluso con las amigas que se empeñan en presentarme candidatos...». Martina está de vacaciones (no quiere que diga dónde) con su hijo Pablo, de tres años y medio, y un Hyundai Santa Fe, que le ha cedido la marca. «Al separarme he recuperado el placer de conducir, pero el otro día iba en el coche, sonaba 'No one' de Alicia Keys y mi hijo me salta: 'Mami, esta canción me hace sentirme solito'. Tuve que parar el coche, porque se me saltaron las lágrimas».
Ariadne se muestra sonriente y amable, pero no está para confidencias. «Se han dicho muchas burradas de mí, me han hecho daño y he decidido no volver a hablar sobre mi vida privada», me advierte. Le hago ver (una vez más) que sigue sin llevar el anillo de casada y que eso puede dar que hablar. «No voy a decir nada. Sólo advierto que pueden esperar sentados porque, por mi parte, no habrá una exclusiva anunciando mi ruptura». ¿Y por parte de Fonsi?, le digo. «Eso se lo preguntas a él», me contesta.
Ante tanta incertidumbre, mejor nos concentramos en el partido de polo. Los caballos son imponentes, pero los jinetes no les van a la zaga. Mi colega, que se mostraba algo escéptica al principio, ahora los observa galopar con verdadero entusiasmo: «Ay, sí, sí -exclama de pronto-. Me ponen. Pero sólo cuando cogen velocidad».
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