AHORA que puristas y agoreros anuncian el fin del tenis de toque, la versión en el deporte de la raqueta del 'jogo bonito', es un placer no ya doble, sino triple, ver jugar y ganar a Ana Ivanovic. Primero porque su juego, por muy fuerte que le pegue a la bola, es grácil, es variado y es inteligente. Segundo, porque resulta divertido dar en las narices a los que sólo hace unos días vieron en la despedida de Henin el fin de una época. Efectivamente el tenis de la belga era una maravilla, pero es que el de la serbia no lo es menos. Sólo que es distinto. Y tercero y no por ello menos importante, porque esta chica es un bellezón como la catedral de Toledo a lo ancho. Y, entre la pléyade de rusas rubias y gritonas, va esta morenaza de encantadora sonrisa y se cuela en el altar de ese olimpo de diosas atléticas y millonarias. Ojalá que la horda de aduladores no la abrume con la cantinela o que ella sea capaz de obviarlos.
La final sólo augura grandes ratos disfrutando de un buen tenis. Ivanovic y Safina jugaron a un nivel increíble un partido pletórico de emoción, de fuerza, sujetándose los nervios a mordiscos y borrando las líneas y los ángulos. Jugando, en fin, el tenis bello.