Cuando acepté la defensa, el hombre que me visitó en mi despacho me produjo una primera impresión inmejorable. «He aquí -me dije- otro caso más de acusación irresponsable e infundada que destroza la vida de un buen ciudadano y que llena de oprobio a una familia». Había intervenido ya en un procedimiento que terminó con la absolución del acusado, un inocente anciano, denunciado caprichosamente por una madre de la que luego se probó que había pretendido extorsionarle pidiendo una cantidad de dinero a cambio de su silencio; y estaba muy reciente el escándalo italiano que terminó con una carta del presidente de la república pidiendo perdón a un padre honesto que fue condenado y pasó varios meses en la cárcel hasta que providencialmente se probó su absoluta inocencia. Pero cinco minutos después de iniciarse la entrevista, el propio defendido me sacó de mi error. Abrumado por la confesión que ante mí hacía, me narró con todo detalle lo que había sido toda su vida de sufrimiento al sentirse esclavo de una tendencia, inexplicable para él, que le hacía aproximarse a los niños, acariciarlos, manosearlos, experimentando un placer creciente Aquella parafilia se había manifestado incluso en la proximidad de sus dos hijos, si bien me aseguró que había resistido al igual que le había sido posible dominar su pasión con los alumnos Pero, a partir de la primavera, con el buen tiempo, al atardecer salía de paseo en bicicleta para encontrar a niños y niñas que jugaban en el campo, o en la ribera de los ríos «Y ya no me puedo contener -sollozaba-, es superior a mis fuerzas, haga lo que haga tengo que llegar a final ». Esta historia terminó trágicamente: esperando el señalamiento del juicio, mi defendido no salía de su casa, totalmente avergonzado; explicó luego la familia que una mañana subió a la terraza del edificio para reparar un artilugio metálico en el que se colocaban macetas de flores, pero al intentar una maniobra perdió pie y se precipitó al vacío desde una altura de siete pisos. Lo sorprendente es que no había llevado ninguna herramienta.
Para mí esta historia continúa hoy, medio siglo más tarde: si aquel desgraciado no hubiera perdido la vida, condenado o absuelto habría seguido siendo víctima de su insania, lo que significa que decenas o centenares de niños habrían estado en peligro, porque está demostrado hasta la saciedad que el pedófilo es una bomba que no puede ser desactivada por ninguno de los procedimientos hasta ahora experimentados. Pero como tenemos la obligación de proteger a un sector importantísimo de nuestra sociedad, a nuestros niños, deberíamos conceder preferencia absoluta a una política de prevención, que comprende más o menos: la detección de los focos de peligro, el seguimiento de los sospechosos, el enjuiciamiento de los autores, la condena eficaz y el tratamiento lógico del cumplimiento de la pena y de la garantía absoluta del freno a la reincidencia. Por favor, por favor, por favor , no se dejen distraer por las apasionadas actuaciones de estos días, dirigidas a responsabilizar a unos jueces o a exigir la cadena perpetua. Porque mientras tanto los pederastas siguen actuando en los colegios, en las calles, en los parques










