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Un juez de menores sabio
19.02.08 -

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SE ha hablado mucho, con admiración, sobre las teorías de Emilio Calatayud, juez de menores de Granada. Yo le venía siguiendo desde hace tiempo, conocía sus sentencias y admiraba su vocación y ese afán suyo de no limitarse a cumplir con sus obligaciones como funcionario, porque sabe que tiene una misión importante y también que ocupa un puesto desde el que puede hacer mucho bien. Hace meses, Calatayud intervino como conferenciante en unas Jornadas de Familia y la grabación de ese acto fue colgada en la red y además mucha gente la ha propagado enviándola por 'e-mail'. (Las citas 'e-mail' y 'colgar' son licencias que me permito desde los albores de mi primeriza dedicación al ordenador personal, pero sin que me atreva a responder de su ortodoxia enunciativa). Si tienen oportunidad, no dejen de ver esa grabación. Y mediten su contenido.

Porque el juez de Granada, sin inventar nada, a través de una exposición coloquial, siempre basándose en la legalidad vigente y sobre todo en el sentido común, formula unos planteamientos muy simples para desde ellos analizar las situaciones con las que ha de enfrentarse el padre de un menor de edad. ¿Qué es eso de la minoría de edad?, pues sencillamente nos dice el juez-conferenciante que estamos tratando de la etapa que se extiende hasta que el chico o la chica alcanzan los 18 años; y que por muchos derechos que les reconozcan las sucesivas leyes proteccionistas, esos adolescentes forman parte de una familia y tienen que empezar por respetar y obedecer a sus padres como les impone el artículo 155 del Código civil; y que si esos progenitores han de velar por ellos, alimentarlos, educarlos y procurarles una formación integral, también dice el artículo 154 que están facultados para corregirles razonable y moderadamente Bueno, aclaremos que en el momento de hablar el juez Calatayud no había sido estúpidamente modificada la redacción de este precepto (en diciembre del 2007) para introducir la majadería de que el ejercicio de la patria potestad ha de respetar «la integridad física y psicológica del menor» , es decir la supuesta supresión del bendito cachete, ya comentada por mí en estas mismas páginas. Me imagino cuál habrá sido la reacción de Emilio Calatayud ante este dislate.

Hemos pasado de la figura del padre autoritario a la del progenitor 'colega' del hijo: el primero educaba poniendo al niño el plato de sopa, que éste se comía sin rechistar; al segundo se le impone un desigual diálogo que termina retirando la sopa y preparándole dos filetes; paralelamente, el maestro don José se ha convertido en Pepe, a quien los alumnos no respetan y al que pide cuentas el padre protestando por el castigo impuesto al díscolo hijo; todo esto, entre otros muchos motivos, nos lleva al fracaso escolar, al absentismo tolerado por todos, al progresivo deterioro de la enseñanza, a la destrucción de la escuela, a la indisciplina, al botellón, a la píldora del día después

¿No se está pasando usted?, me preguntarían algunos. Pues mire usted, no, ni me paso yo ni solamente a esto ha limitado sus críticas el juez Calatayud. El problema de la deficiente enseñanza, la pérdida de valores en la educación de niños y de jóvenes, el abismo que se abre ante las actuales generaciones en edad de formación, todo ello está exigiendo un compromiso social radicalmente alejado de toda influencia política, en el que se involucre fuertemente la administración del Estado, con participación entusiasta de los enseñantes y con apoyo responsable de la familia. Importantísimo: los padres tienen que aprender a ejercer como padres.

Pero de momento, hasta que con la debida serenidad pueda ser considerado y resuelto este delicado problema, dejémoslo reposar para que las soluciones no aparezcan contaminadas por el griterío de la propaganda electoral, en la que se dicen muchas tonterías y frecuentemente se ofrecen panaceas que no resisten el más elemental análisis.
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