La cobarde práctica del 'ciberacoso' constituye uno de los peores tipos de agresión y tiene como denominador común el mal uso de las nuevas tecnologías. Entre otras razones porque al incluir la difusión instantánea de las imágenes o de los mensajes violentos a través del SMS, correo electrónico, foros o chat, pueden amplificarse los pequeños problemas que surgen entre los propios jóvenes por prejuicios o sentimientos exacerbados.
El 'ciberacoso' comienza a convertirse en una nueva modalidad de violencia con preocupantes efectos de emulación y una sensación de relativa impunidad. Casi como una actividad juvenil más. Una práctica que, como muy gráficamente describe el psicólogo forense Javier Urra, se resume conceptualmente en este pensamiento: «Vamos, damos una paliza a uno y nos echamos unas risas».
En el fondo, esta nueva forma de violencia resulta conocida. Tiene muchas similitudes con el viejo matonismo escolar. Sobre todo en el escasamente misericordioso efecto de que los chicos, para no ser víctimas, se coloquen siempre de parte del matón, cuando debería ser justamente al contrario. Es decir: acorralar al verdugo y ofrecer todo el apoyo al atormentado compañero. Lo que sí resulta nuevo, y seguramente peligroso, es la frialdad y la imprescindible premeditación a las que obligan las nuevas tecnologías en la comisión de estos hechos. Ya no se trata del acaloramiento de una discusión que acaba en una vulgar pelea, sino que hay que tomarse el trabajo de escoger a la víctima, grabar la paliza y colgarla en un portal de Internet.
Desgraciadamente estas humillantes agresiones componen un fenómeno en aumento. Hasta el punto de que la pederastia ya no es el riesgo más frecuente para los niños en Internet, sino la práctica del 'ciberbulling'. Los informes del Defensor del Pueblo revelan que desciende en número de agredidos por la violencia escolar, al tiempo que aumenta la utilización de las modernas tecnologías a la hora de propinar, o recibir, el maltrato. Es normal, como en todo, al generalizarse nuevos recursos se abren también nuevas posibilidades para desarrollar con más amplitud lo que ya se venía haciendo.
A estas alturas nadie duda de la necesidad de una contundente respuesta judicial a las graves conductas del 'ciberacoso'. Seguramente se está a tiempo de actuar para que el fenómeno no se extienda más. De hecho ya se han producido sentencias ejemplares. A veces las agresiones tuvieron por objeto compañeros con el síndrome de Down, o, incluso, mendigos. Es decir, a los más alejados al grupo agresor. Y sus autores fueron condenados a seis meses de libertad vigilada o a medidas alternativas.
Pese a lo que pudiera parecer, la persecución de estas conductas no resulta extremadamente complicada. Siempre cabe identificar a los agresores localizando a la persona que colgó las imágenes. Por otra parte, quien graba las escenas puede fácilmente considerársele inductor, mientras que su divulgación pública resultaría un ataque a la imagen y al honor. Y tampoco sería difícil imputar a los simples espectadores el ilícito de denegación de auxilio. En fin, hay suficientes medios judiciales para que estos hechos no resulten impunes. Sin dejar de lado la responsabilidad de los padres, y su deber de involucrarse en la educación de sus hijos inculcándoles actitudes correctas en el uso de las nuevas tecnologías.
Por último, y en lo que se refiere a la supuesta agresión a una mujer de Medina del Campo, tras la evidencia de que entre las prestaciones del teléfono móvil no se encontraba la de grabar imágenes, resulta obligada una reflexión de los medios de comunicación sobre las primeras informaciones publicadas. Desde luego que no resulta fácil encontrar el equilibrio entre el deber de informar y la obligación de minimizar el daño que pueda causar la información, pero frente a ello siempre caben las clásicas recomendaciones de rigor, veracidad, contraste y proporcionalidad. Es decir, contemplar el problema en su contexto y dar voz a todas las partes.










