
Como sacerdote lo primero que uno piensa es que se ha ido un operario bueno y fiel, en estos tiempos en que escaseamos y tan necesarios somos para la Iglesia y para la sociedad.
Vamos a sentir su falta en la Curia diocesana, en la Catedral, en el Colegio de las Teresianas, en muchos ámbitos de la Iglesia; pero también lo va a sentir la sociedad de la ciudad y de la diócesis-provincia. Muchas de las cosas que se han logrado en los últimos decenios en materia de patrimonio religioso-cultural se deben al buen hacer de Isusi: los fondos que constituyen el Museo Diocesano y Catedralicio y los Museos de Arte Sacro de Peñafiel y Medina de Rioseco; los convenios de diverso tipo con entidades públicas y privadas para que los bienes culturales de tantas iglesias, conventos y ermitas de la capital y los pueblos puedan ser contemplados en las mejores condiciones posibles y transmitidos a las generaciones futuras; las exposiciones y catálogos y su interés y preocupación constantes por la música a la que dedicó buena parte de su vida en la Capilla de Música de la Catedral, en el Seminario y en bastantes monasterios de contemplativas. Para todas estas cosas puso a funcionar los talentos que Dios le dio, entre los que destacaban la afabilidad, la simpatía, la disponibilidad y un talento especial para saber cuándo era el momento de luchar por una obra o de esperar el momento propicio.
Su despedida en la Catedral Metropolitana con la presencia de las instituciones autonómica, provincial y municipal y de tantísimas personas nos habla de una persona querida. Creo que ese mismo cariño es aquél con el habrá sido recibido en el Cielo.
















